Autoconstruyendo el concepto y el
lugar de <<lo tecnológico>>
Primeros reconocimientos
Desde
que puedo recordar, he alimentado una visión de <<tecnología>> como
cosa -aparato o software- autónoma. Una mirada así sugiere que ésta sigue su
propio curso al margen de la intervención humana o social y que se desarrolla, básicamente,
de forma incontrolada (Aibar, 2009, p. 10). Claro, mi
inferencia se sustentaba en que las transformaciones tecnologías han intervenido,
de una manera u otra, cualquier espacio conocido de mi vida: lo social, lo político,
lo cultural, lo económico, lo ambiental y lo psíquico. Así, por ejemplo, sobre
la escuela, pasé de usar cuadernos, disquetes, carteleras para exponer y
papeleos para matricular, a registrar las clases en la laptop, guardar mi
información escolar en la nube, realizar los trámites por Banner[1],
matricular en línea con ICETEX y presentar exposiciones en PowerPoint. Sobre el
transporte local[2], entre la primera y la
segunda década del siglo XXI, pasé de entregar directamente el dinero del
pasaje al conductor del bus, a introducir una tarjeta en una máquina para
recargarla con cierto valor y a posicionarla en otro artefacto antes de acceder
al servicio. He notado también, de los 90s hacia acá, que los niños y niñas de
la clase media local han acompañado más el juego con barbies, carros plásticos,
juegos de mesa y uno que otro pianito digital, con tabletas y celulares. Recuerdo
que en el principio de mi vida, los amigos y las amigas me los “hacia” en las
calles del barrio y en la escuela, claro, aún sigo forjando gratas amistades
ahí, pero debo de sumar a la cuenta las otras que he conocido en redes y
aplicaciones sociales. Por otro lado, la ropa y la comida que antes obtenía
saliendo de casa, yendo al super o al centro comercial, ahora puedo ordenarla a
través de una aplicación móvil, de muchas aplicaciones móviles. Adicionalmente,
yo solo leía los libros que me compraban mis padres, no obstante, ahora también
puedo leer un motón de obras en casi cualquier idioma a través de una pantalla.
Lo mismo para las noticias: yo ya no necesito el periódico. Incluso la forma en
que comencé a reconocerme como mujer feminista no se dio tanto por mi adhesión
a un colectivo, como por los análisis a otras experiencias de discriminación y
violencias contra mujeres publicadas en la red. Entonces, si bien yo no tenia
una visión progresista acerca de las tecnológicas[3],
he aceptado- y aún en cierta medida lo hago- que la intervención de <<lo tecnológico>>, ha transformado “nuestra forma de pensar o entender
el mundo, de transformar la estructura o el funcionamiento de algunas
instituciones, de modificar las relaciones de producción o, incluso, de generar
auténticas revoluciones sociales en las que resulta afectada la estructura
social en su totalidad, desde los vínculos económicos a las relaciones de poder”
(Aibar, 2009, p. 9).
Cambiando el chip
El problema con la visión autónoma es que me hizo
pensar en <<lo
tecnológico>>
como un conjunto de
aparatos y procesos imparables y de orígenes irrastreables, de modo que yo me
concebía a mí misma, y a los demás, como sujetos carentes de derechos
personales, sociales y políticos frente a las tecnologías. Asimismo, esta
mirada evitó que, durante toda la vida, yo ignorara los vínculos sociales,
políticos e incluso privados a los que respondían las tecnologías que usaba (Ver al respecto). En otras palabras, incluso cuando lo tecnológico -como
aparato y fenómeno- permeaba tantos ámbitos, yo crecí pensándome solo como un eslabón en la última parte
en la cadena producción: la compra.
Ahora bien, aunque los escenarios de
intervención ciudadana o colectiva se vean limitados porque, por ejemplo, no es
común la difusión mediática o educativa de la reglamentación colombiana hacia
el sector de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones, ni la normativa
organizacional del MinTIC[4] y de las demás entidades
del sector, lo que nos posibilitaría, al menos, saber hacia quién dirigiríamos
nuestras demandas sobre <<lo
tecnológico>> (Ver al respecto), existen
perspectivas que nos permitirían superar está visión automática (u otra como la
determinista), de modo que seamos capaces de visualizarnos como ciudadanos
participantes, activos y demandantes, en el proceso de introducción e
intervención de las tecnologías en nuestras comunidades o en el país.
La propuesta
La visión Constructivista Social impulsada
por el departamento de Estudios de Ciencia y Tecnología de la Universidad de
Cornell, en Estados Unidos, ofreció pautas para abordar el análisis de <<lo tecnológico>> como construcción social: el enfoque SCOT;
el cual sugiere examinar exhaustivamente la relación entre tecnología y sociedad,
de modo que se desmienta la creencia de la primera como la fuente más
importante de cambios y revoluciones sociales a lo largo de la historia y se descubran
otros procesos -políticos, culturales, sociales e incluso, ambientales- que han
permitido, junto con la tecnología y no por ella, alcanzar tales
transformaciones en la sociedad. Al mismo tiempo, este enfoque postula que si
se analiza el impacto de una misma tecnología en diversos contextos y
temporalidades, se devela que ésta “experimenta desarrollos diferentes en
configuraciones sociales y culturales diferentes”, probando que <<lo tecnológico>> no está al margen de la
intervención humana o social.
El método que utiliza el enfoque SCOT
para reafirmar estos dos postulados, comienza con la identificación de todos
los grupos sociales relevantes o GSR, es decir, de un grupo de individuos que
atribuye a un artefacto un mismo significado, uso, ventajas, problemas,
objetivos o funciones a una misma tecnología (Aibar, 2009, p. 20). En segundo
lugar, se pide identificar la flexibilidad interpretativa, o sea, las
características atribuidas al artefacto según su funcionamiento, lo cual tiene
que ver directamente con el diseño material de sus componentes (Aibar, 2009, p.
21). Adicionalmente, el modelo propone un examen al marco tecnológico o, en
otras palabras, a las prácticas, discursos, objetivos o problemáticas que se
construyen a través de la interacción continua entre los miembros de un grupo
social y el artefacto (Aibar, 2009, p. 22), y que marcan la vida tanto del GRS
como de la tecnología. A través de las estrategias que propone el enfoque SCOT,
podemos comprender de manera más verosímil la influencia de los factores
sociales, ambientales, organizativos, culturales y políticos sobre la creación
y el cambio tecnológico.
Consideraciones finales
Adoptar una perspectiva más
analítica sobre la relación entre sociedad-tecnología, como la Constructivista,
permite, uno, superar la consideración de que somos meros receptores en el
mercado de estos artefactos y dos, comenzar a autopercibirnos como agentes activos
en el desarrollo de las tecnologías, capaces de domesticarla, adaptarla, e
incluso reinventarla, según nuestros propios intereses o prácticas (Aibar,
2009, p. 36); también, este tipo de perspectivas nos permiten concebirnos como
sujetos de derechos tecnológicos, que merecen protección y garantías por parte
del Estado y de los sectores privados que crean y habilitan el uso de las
tecnologías.
A manera personal, como futura
maestra en Colombia, reconozco que la intervención de las tecnologías tanto en
el aula de clase, como en la vida misma, es inevitable. Reconozco también que
existen factores sociales y culturales que determinan el uso que los individuos,
en este caso, los estudiantes, le proporcionan a este tipo de artefactos. En
ese sentido, en el momento en que ejerza como docente, estos dos
reconocimientos me permitirán realizar una elección sobre qué herramientas
tecnológicas introducir al currículo y de qué manera, basada, antes que en las
características propias del artefacto tecnológico, en el contexto que rodea al
estudiante; de modo que las tecnologías se adapten a sus intereses y
necesidades. Al mismo tiempo, concebir al estudiante como un actor activo de <<lo tecnológico>>, me permitirá propiciar situaciones en
donde éste no solamente utilice las tecnologías como un recurso educativo para
obtener información, sino, también para la preparación de ejercicios,
actividades, presentaciones multimedia e incluso, autoevaluaciones; de manera
que la relación sociedad-tecnología, o en este caso, educación-tecnología, se dé
bidireccionalmente: la segunda alimentado a la primera, la primera adaptando
para sí a la segunda, edificándose mutuamente.
Bibliografía
Aibar, E. (2009).
“La visión constructivista de la innovación tecnológica”. A: Aibar, E.
(coord.). Ciència, Tecnologia i Societat. Materials didàctics. Barcelona: EDIUOC;
98-142.
Santos, D.
(2018). “¿En qué está el ministerio TIC?”. La República. Tomado de: https://www.larepublica.co/analisis/diego-a-santos-533956/en-que-esta-el-ministerio-tic-2793061
Martinez, J. C.
(2019). Colombia necesita democratizar los medios. El Tiempo. Tomado de: http://blogs.eltiempo.com/digital-jumper/2019/02/22/colombia-necesita-democratizar-los-medios
[1]
Banner
es la plataforma web que usa mi universidad para la tramitación y el chequeo de
procesos administrativos y contables como el pago de matrícula e inscripción.
[2]
Vivo
y he vivido en Santiago de Cali, Colombia, toda mi vida.
[3] Esta visión progresista
de la que comento aquí, se deriva de una perspectiva determinista acerca de <<lo tecnológico>>. Esta perspectiva
entiende el desarrollo tecnológico como una sucesión de invenciones o
innovaciones siempre mejores -más eficientes, más estéticas, etc.- a su
antecesora (Aibar, 2009, p. 13)
[4] Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones

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